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Yi Yi, o la primera vez

A mitad de la película aproximadamente, igual un poco antes, hay una cena de N.J. (el padre) con el director/jefe de OTA, y no ATO, en el que, con una delicadeza y cadencia absolutamente increíble, con una pausa que te embauca y te transporta (a mí me hace sonreir de felicidad, supongo que tengo rarezas así), el japones dice: ¿Por qué nos asustan tanto las primeras veces? Todos los días son una primera vez. Cada mañana es nueva. Nunca vivimos dos veces el mismo día. Y no nos asusta levantarnos cada mañana. ¿Por qué? Resumiendo, magistralmente, toda la película. Yi Yi es esto, es la primera vez, del amor, de la pena, del coma, de la muerte, de la pasión, del engaño, la aventura, de volver a verse en 30 años, del embarazo, del intento de suicidio, de boda e incluso de asesinato. Como si después de 30 años nada hubiese cambiado y la vida de N.J., y de todos aquellos que le rodean (y de todos nosotros), se mantuviese igual hasta que clic (sonríe Yang-Yang) todo cambia para siempre.

¿Qué es la primera vez? La primera vez puede serlo todo o nada, puede significar un mundo, romperte para siempre por dentro o pasar desapercibido para siempre sobre tu alma sin pena ni gloria. Pero no creo, o no quiero creerlo, que exista gente así en el mundo. ¿Acaso existe alguién que no sienta nada con la primera vez? Del amor, la comida, las relaciones y hasta de la fotografía. La primera vez que coges una cámara, observas, apuntas y disparas, rebelas (sí rebelar) y ves la magia, sientes la magia. ¿No es acaso mágico el uso que hace Yang-Yang de la fotografía?

El todo, la vida, es un cúmulo de primeras veces, tengamos la edad que tengamos, y este cúmulo nos va creando y componiendo, en un precioso crescendo que nunca deja de brillar. En esta, por desgracía, última película de Yang, todos y cada uno de los personajes comienzan, por vínculo familiar, unidos inevitablemente a un futuro que el propio paso del tiempo parece haber escrito para ellos. Unos se casan creando familias, otros continuan creando una, la empresa sigue evolucionando, los mismos amigos de siempre, la suegra en casa, etc Hasta que un buen día, todo aquello que ha estado latente durante tanto tiempo comienza a brotar y conjuga una serie de primera vez que cambiará el rumbo de todos para siempre. Y del nuestro como espectador también, porque el poso que deja esta película es jodidamente maravilloso.

Una exnovia, que parece excesivamente reciente, aparece en la nueva boda totalmente arrepentida. Un exnovio que, por primera vez en la familia, se casa con una mujer tan embarazada, y en el mejor día del año, como si esa elección fuese a suponer una compensación por todo lo demás. La boda del hermano en donde, por desgracía para tu mujer, ves a tu primer amor después de 30 años, que te resquebraja por dentro para siempre. La primera vez que le das a tu hijo la opción de inmortalizar la vida. Los juegos infantiles que van a más y que acaban despertando el amor, el primerísimo amor que todavía no sabes que es amor pero que puede que sea el amor más puro que jamás vayas a sentir, pues copa todos los segundos de tu día y te hace hacer cosas que nunca jamás serías capaz de hacer. Porque en esas edades, en donde todo se magnifica, ese primer sentimiento (todavía sin definir), es tán puro que nos domina completamente.

También hay una primera vez para la crisis. Una crisis existencial en la madre, que tiene que retirarse del mundanal ruido de la ciudad y aislarse para volver recompuesta. Una crisis que aflora cuando, teniendo a su madre en casa, no es capaz de decirle nada y ese silencio hace tambalear todas sus creencias. Una crisis en la nieta, que tras la alegría de haber encontrado una nueva amistad, se descubre utilizada, tanto por ella como por él chico, brevemente novio, que su primer amor hará enloquecer y cometer verdaderas locuras. ¿Puede que sea ese primer amor el único capaz de llevarnos a una locura tal como para poder incluso hasta matar por el ser amado? Crisis en el nuevo matrimonio, que no parece encontrar su camino y que solo, con otra primera vez, el intento de suicidio, parece volver a su cauce. Crisis en la empresa, que solo cuando abre los ojos y decide arriesgar ve mejorar sus expectativas. Incluso crisis en unos nuevo vecinos que ven finalizado su intento de volver a empezar por la primera, y última, verdadera crisis de un novio completamente enamorado.

Scene from Yi Yi — Edward Yang (2000)

Qué maravillosa es esta escena. El amor es así, como una tormenta que te cruza y te parte en dos.

En dos se parte también la vida de N.J. cuando ve por primera vez en 30 años a su primer amor. El uso de este acontecimiento por parte de Edward como catalizador del tono de la película es maravilloso. Por como afloja ese punto de anclaje que creo que es el padre en el engranaje de toda la familia, liberando a todos y cada uno de los componentes de la familia y dejandolos ser tal y como son. Libres, primerizos, con miedo. N.J. desconecta de todo y vuelve a conectar con aquella época que él creía apagada pero que nunca terminó de apagar y que, gracias al trabajo, o usando el trabajo como la mayor excusa de todas, ahonda y vuelve a encender. Y en el recuerdo de esa primera vez vamos descubriendo unos personajes enigmaticos, llenos de capas, de vivencias y momentos, por los cuales solamente pueden caminar y volver a vivir, sin palabras, porque son incapaces de expresar y definir aquello que sintieron y que dejaron atras. Aquello era el primer amor.

Pero esta película no son solo los personajes, como si con solamente esto no se pudiese hacer una gran película. Esta película, además, son los maravillosos planos y reflejos que Yang nos regala continuamente. Y es que es magistral esta utilización de la distancia en los planos decisivos de la historia, en aquellos en donde transcurren las acciones, donde se produce la magia. Ese querer distanciarse para poder captar la mayor cantidad de emoción posible y no desperdiciar ninguna acción que lo engloba todo, pero sin perder, por ello, ese suspiro que nos cautiva y nos paraliza. No hay distancia posible que pueda acallar lo que ocurre en la narrativa de los personajes, siendo, precisamente esta distancia, en mi opinión, la que le confiere ese misticismo en donde los personajes son más libres para poder expresarse.

¿No es acaso cruel, por parte de Yang, jugar así con nosotros, al zambullir a Yang-Yang y no dejarnos ver como flota? Manteniendo esa distancia, dejándonos sin respiración. Acercaríamos la cámara hasta la piscina y nos zambulliríamos a por Yang-Yang.

El uso por parte de Yang de los reflejos me parece algo brutal, tan bien usado, tan rematadamente expresivos, que condensan la propia película en sí. Cuando la madre, sola en la oficina, ve llegar a sus compañeras y decide comunicar que necesita unos días para poder volver a ser ella misma, ¡para poder volver a tener un reflejo digno! Cuando N.J. y su primer amor vagan por los recuerdos de su primer amor, reflejando su relación en un tren con destino a ninguna parte. Cuando su primer amor toma la decisión final, y fruto del reflejo y con la única distancia que se nos permite, nos hacemos partíces del mismo. Y la ciudad, siempre presente, que presiona, atosiga, embauca y transforma a los personajes y que se termina colando en todos y cada uno de los reflejos. Yang consigue construir otra película gracias a los reflejos, y eso es muy complicado.

La historia, los personajes, los planos y los reflejos están muy bien construidos en esta película, de grandísimo calado. Tanto que, días después, me sorprendo descubriendo nuevos retazos de magia, como si, pasado el tiempo, reviviese ese primer amor (la película) y cada momento tuviese una y mil lecturas. Supongo que esta es la magia de la primera vez.

Para interpretaciones mejor construídas podéis ver este maravilloso ensayo:

The City Reflects — by Nicholas Kertesz

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