About Una familia en Bruselas & No Home Movie

https://www.goodreads.com/book/show/56298052-una-familia-en-bruselas
https://letterboxd.com/film/no-home-movie/

Voy a escribir esta especie de review de ambas obras a la vez, porque, desde mi desconocimiento, creo que están conectadas (como creo que lo está todo en Chantal) y porque he sentido una conexión entre ellas que ahora no puedo desligar. Y tampoco quiero hacerlo.

Lo que he sentido con ambas obras es muy difícil de explicar, es un sentimiento de pertenencia a una narrativa que se me hace muy familiar, más por vivir en la diáspora, como dice mi dramática madre, que por el echo de tener una madre con tal historia personal. Eso es, obviamente, imposible e incomparable. Lo que creo más impresionante de todo es el poso que te va calando poco a poco y que, sin darte cuenta, vas desgranando inconscientemente y va, gotita a gotita, calando sobre ti. Así es como Chantal te inunda y se apega a tus entrañas. Porque Chantal es muy visceral. Y su capacidad, con la sencillez que solamente la realidad es capaz de otorgarte, para escribir y filmar todo eso es tan formidable que choca con todo aquello que alguna vez creíste, con los sentimientos que guardas y te agrieta, inevitablemente, por dentro.

No home movie — Chantal Akerman (2015)

Identifico en mi muchos de los sentimientos que, más que describirse, supuran, tanto del libro como de la película. Sentimientos de lejanía, de falta de contacto, de pertenencia a dos mundos que nunca conseguiste dejar atrás, pero que tampoco quieres dejar atrás. Porque son tu niñez, tus recuerdos, tus lugares, tu familia,… al fin y al cabo, tu todo, tu yo, tu ser, tú. Leo, veo, siento todo lo que nos quiere decir sin decirlo abiertamente, ese amor compungido que solo la distancia es capaz de aprisionar y que aflora de otras maneras muy bellas, en esa sensación de regreso, de filmar cada instante de la madre, cada detalle, cada recuerdo, cada sonrisa, cada paso, cada sueño. De relatar ese cambio, ese paralelismo que interpreto que existe entre la muerte de su padre y la lejanía autoimpuesta que sufre ella cuando vive a miles de kilómetros de distancia. Siento que comparten ese sentimiento de culpa y tristeza por la muerte del ser querido y por la distancia con la familia, con la madre. Inevitablemente eso llega a mí, me toca muy intensamente y me deja descolocado, mirando al infinito e intentando procesar todos aquellos sentimientos que, cuando te golpean, no ves el ostión, pero lo sientes. Siento que narra la distancia de una manera muy especial, que como la identifico también muy mia, duele. Leo a Chantal y su escribir sin freno, sin puntuación, me evoca ese sentimiento de visita en donde quieres contarlo todo pero el tiempo es finito pero tus vivencias no, y a base de esa falta de puntuación intentas acelerar la historia, generar un mantra en donde consigas condensar la información de tal manera que ninguna sonrisa quede atrás. Me cala un poso de felicidad por la vivencia, por saber que por solo vivir ya eres afortunado, y tanto que lo somos, pero que ahora, por culpa de la época en la que vivimos, no somos capaces de identificar. Y lo más grave de todo, por culpa de no saberlo identificarlo no lo sabemos ver, ni sentir, ni disfrutar. Interpreto la necesidad de Chantal de contarnos la historia de su madre como un alerta, una alerta que nos indica que hubo tiempo muchísimo peor, de los cuales salimos y por los cuales tenemos que estar agradecidos. Pero interpreto esta alerta no solamente como una alerta dirigida hacía nosotros sino también hacía y para ella. Para una Chantal compungida, con depresión, que en la fortaleza infinita de su madre busca una rendija de felicidad a la que agarrarse y sonreír.

Hay un instante maravilloso en la película, uno de tantos, hacía el final, en donde la madre y la hija hablan a través de skype y Chantal lo está filmando. Chantal le dice que tiene un sombrero nuevo y le pregunta a su madre a ver si quiere ver como le queda. Es un sombrero blanco que Chantal se lo pone y su madre le va dando indicaciones de cómo debería ponérselo. Póntelo mejor hacía delante, para que te proteja la vista, le dice con esa advertencia solamente propia de una madre. Es después de eso que Chantal, que dice tener un buen día, sonríe muchísimo, pero nosotros no lo vemos, nos lo relata la madre. Y es en ese relatar, en donde la madre expresa una felicidad tan plena, tan pura, tan máxima, por ver feliz a su hija, por ser capaz de sentirla, verla y disfrutarla en la distancia, que se te resquebraja el corazón. Es maravilloso lo que consigue aquí Chantal.

Inevitablemente ligado a este momento me viene a la mente, de Una familia en Bruselas, el siguiente momento: “Tú dices siempre que estás bien cuando te pregunto cómo estás, pero lo dices de una manera tan distraída que sé que estás pensando en otra cosa y siempre al cabo de un momento me dices ahora te tengo que dejar. Cuando dices tengo que preparar la comida yo me siento bien y hasta me entra apetito pero cunado no dices nada y sólo dices tengo que dejarte sin añadir nada más entonces me quedo ahí y pienso en ti o más bien no pienso me quedo ahí como si faltara un trozo de frase y es porque falta un trozo de frase. No tiene por qué ser tengo que preparar la comida puede ser también tengo que salir, eso también me gusta mucho aunque sólo sea tengo que sacar al perro pero decir tengo que dejarte sin más, eso, eso me deja con la sensación de que falta un trozo de frase. Entonces me quedo sentada a la vera del teléfono y me entra un poco de frío. Si enseguida suena otra vez el teléfono y es mi otra hija que me llama desde tan lejos sin preocuparse por la factura entonces el frío me abandona y respondo con jovialidad.”. No puedo sino ver la otra cara a ese momento de felicidad, la dualidad de la sonrisa y la tristeza en esa frase. Esa frase, frase que no termina, ‘falta un trozo de frase…’, que contiene y aglutina una tristeza tan infinita que, otra vez, un vacío me inunda, miro al infinito y algo cruje dentro de mí. La cercanía, aun en la más absoluta lejanía, la felicidad contenida, la sonrisa infinita, todo se diluye y desaparece aquí, el vacío y la soledad lo inunda todo, el trozo falta, el todo le falta. Es muy difícil expresar un vacío así de una manera tan resumida, tan clara, tan simple. Pero tan compleja. Chantal lo vuelve a hacer.

Me gusta como la película comienza con ese plano fijo del árbol, que sufriendo las inclemencias del fortísimo viento, se mantiene y aguanta el temporal, no pierde hojas, no pierde nada, no se suelta, no sufre, no se resquebraja. Me gusta porque veo a su madre ahí, firme contra viento y marea, firme contra una vida dura, llena de palos, de ventiscas que constantemente quieren derribarla. Pero a ella no, a ella nada le derriba. En contraposición, el plano final es relajado, al igual que durante el resto de la película, comienza vacío, escuchamos la vida pasar por esa casa, el sol lo inunda todo en ese caluroso verano Belga, pero nada más ocurre. Está vez nadie cruza el plano, nadie entra en la habitación, nadie más que la vida que pasa genera acción sobre nuestra vista. ¿Ha muerto la madre?

Gracias a la maravillosa edición del libro, por Tránsito, descubro que Chantal se suicida el mismo año que se estrena la película, sumida en una depresión termina finalmente con su vida. Y todo este final me transporta inevitablemente a preguntarme si fue realmente la muerte de su madre es el final de su felicidad, el final de su lucha, de su razón de ser, de su vida y la razón final de su suicidio. Leer el libro es fácil, una vez que coges el tono, la no puntuación genera un mantra que, inevitablemente, te va llevando de una frase a otra hasta el final. Lo terminas rápido, lo coges tras acabar y lo miras, recuerdas las cosas leídas sobre él y piensas que bueno, tampoco es para tanto. Pero sí lo es. Al cabo de un rato tu cerebro y, sobre todo tu corazón, empiezan a encajar piezas y piezas, instantes del libro de y la vida de Chantal, de su madre, de su hermana, de su padre, de la familia, y todo cobra una dimensión tan difícil de explicar que vuelves a coger el libro, lo miras, y solamente puedes decir: joder.

Con la película me pasó igual. Interpreto que el final de la película es el final de la vida de su madre, sé que también es el final de su vida fílmica, puesto que está es su última película. Interpreto la película como un metraje homenaje, que rinde amor a una madre que lo ha dado todo y por lo que tú también lo darías todo. También sé que después de todo esto terminó con su vida e, inevitablemente ,me siento tan vacío, tan resquebrajado por dentro, que no se que más decir. Joder.

Podéis comprar el libro aquí y en librerias, es una preciosidad. La traducción de Regina López Muñoz es genial y el texto final de Diana Toucedo “Sólo nos queda el cuerpo” es maravilloso. La película la tenéis en Filmin aquí. Perdón por los spoiler, por si mi interpretación no te ha gustado o no la ves lógica, pero para mí sí lo es.

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